Las brechas por anacronismo en la literatura | John Carter y más

O «Sobre el autor efímero y la obra eterna».

El camino siempre es accidentado; y si se trata de cinematografía, literatura, o cualquier otra representación «artística» que nos depare el impredecible y arbitrario mundo del «postmodernismo» (una manera elegante de englobar los desvaríos culturales más recientes), será de poca relevancia. El «artista» deberá enfrentarse a aquellos demonios eternamente señalados: ya sea la subjetividad, reciclaje, imitación, o incluso el -muchas veces presunto- plagio fortuito; esos elementos cuya ausencia garantiza el éxito y legado de sus obras.
Y no podemos señalarles como chivos expiatorios, pues constatamos lo amargo que se tinta el mundo del entretenimiento en la actualidad debido a los re-makes interminables y las imitaciones de lo que en algún momento llegamos a aclamar (véase mi otro post); pero hay un factor de vital importancia que en repetidas ocasiones, como autores o espectadores, dejamos pasar por alto (aún cuando se percibe subcoscientemente): el anacronismo.

Ya sea en un matiz visual o como concepto mismo, el anacronismo resulta más o menos evidente; por definición se trata de «situar un elemento en un contexto temporal al que no pertenece«.
Regularmente se trata de una aparición prematura, aunque no se limite solo a ello (a pesar de la prerrogativa existencial que suscita pensarlo) ¿Suena absurdo?
Los ejemplos más populares se dan en las obras audiovisuales y son sumamente reconocidos, prácticamente debido a su obviedad.
El fugaz y enmendado avión en «Troya» (falso rumor pero celebérrimo), la pintura del futuro a bordo del «Titanic» (Monet), o el maravilloso café de Starbucks en «Game of Thrones» (si este hubiera sido intencional), son solo algunos de los ejemplos más famosos en este tipo de representaciones.

Y aunque gocen de mayor reconocimiento, esto no se limita solo a los deslices en la cinematografía, sino que se encuentra en prácticamente cualquier tipo de representación artística, entiéndase pintura, música o literatura. Particularmente, en este post, trataremos esta última.

El anacronismo puede trascender para convertirse en su concepto o esencia. Es decir, podemos percibirlo en más de un elemento y aun así vernos en apuros para definir el porqué. Tal es el caso que nos reúne hoy aquí.

 

Tan inesperada como siempre, la inspiración para este post llegó a través de aquella «terrible» película de 2015: «John Carter«, basada en el libro «Una princesa de Marte» (Edgar Rice Burroughs) de 1917.
Ojo, 1917, son casi cien años de diferencia.

Aviso: Esto no es una reseña de la película o el libro, pero los uso a manera de ejemplo.

Debido a la inminente llegada de Disney+ al nuevo continente, gran parte del contenido de esta cadena está siendo retirado gradualmente de Netflix, y tal fue el caso de esta película; principal razón por la que decidí echarle un vistazo antes de que fuera tarde (aún más).
De la película no sabía nada, y del libro conocía el nombre y poco más, pues es una de las obras más influyentes en la ciencia ficción (más fantasía, a mi parecer), habiendo sido señalada como inspiración directa para obras como «Odisea en el espacio» (1968), «Las crónicas marcianas» (1950), «Farenheit 451» (1953. No le encuentro el parecido), e incluso la saga «Star Wars» (con notables paralelismos, aunque compite con «Dune»).
Pero particularmente, la obra en cuestión me pareció similar a «La guerra de los mundos» de 1898 (obra anterior) por una cuestión que discutiremos en unos momentos.

Tal fue el fracaso cinematográfico de «John Carter» que su relación con uno de los libros más relevantes para el mundo del entretenimiento actual me era desconocida. Aún así, estaba completamente seguro de que «tenía que verla», por alguna razón que no podía recordar.

La película fue toda una sorpresa; visualmente agradable, argumento genérico pero razonablemente interesante, personajes no-tan-huecos y poco más; y en conjunción con «El ascenso de Júpiter» que acababa de ver hace poco por primera vez, se fue directo a mi cajón imaginario de «Películas del espacio que igual no son tan malas»; aunque pronto debería cambiarse -también- al de «… tan malas como dicen».

Tengo la costumbre de no averiguar nada sobre películas «nuevas» y dejar que me sorprenda la trama y el cast, pero sobretodo evito leer cualquier tipo de opinión al respecto, puesto que la -presunta- recepción general afecta directamente la nuestra, aún cuando nos empeñemos en ocultarlo; y no quería acabar satanizando algo solo porque leí a algún columnista que se limitó a repetir como perico lo que leyó en otro portal pero en inglés; no sería la primera vez.
Y así fue como llegue hasta los créditos de John Carter con una impresión nada desagradable (más agridulce que nada, pero en fin) de la película, y entonces leí «Basado en ‘Una princesa de Marte‘», y me convertí en la viva imagen del tipo que tiene una revelación en plena fiesta, exceptuando… bueno, la parte de la fiesta:

¿Qué había pasado entonces con la película? Si era la primera vez que se llevaba a la pantalla grande una obra tan influyente y antigua ¿por qué ni siquiera me llegó el eco del festival de esnobismo que seguramente propició? Los fanáticos de los libros tirando la casa por la ventana, los postureros aclamando su prehistórica afición, las cinco secuelas con Bruce Willis y Vin Diesel, el parque temático en Disneyland… ¿Dónde estaba todo eso?

La película fue destrozada por la crítica, pero peor aún (en criterio Disney), también por los espectadores regulares; Todos se lavaron las manos, guardaron la película en una caja de zapatos al fondo del closet, y a otra cosa (mariposa).

Pero así, tan simplista opinión generalizada me hizo reflexionar ¿Por qué no le gustó a nadie? Entiendo que uno o dos críticos de «prestigio» despotriquen contra la película y los demás se limiten a repetir sus palabras; y sí, al fin y al cabo tiene una premisa sin fondo, sub-tramas incomprensibles y en general un argumento descartable, pero ¿Nadie?  habiendo tantos públicos distintos ¿ningún grupo alzaba la voz para demeritar la opinión del resto con argumentos más rebuscados que sólidos?
Tenemos peores ejemplos de la misma casa productora que andan por ahí produciendo millones de dólares.
¿Qué fue lo que desencantó de John Carter? Bueno, que es tan anacrónica como puede ser, y los intentos por parte de Disney por resarcir las brechas entre el autor -y su obra- y el espectador no hicieron más que empeorar su condición.

 

Si existen varios tipos de anacronismo, la película los tiene todos:

 

Específicamente hablando de la película (después hablamos del libro), la premisa es simple, y no los voy a entretener más de lo debido: John es un ex-capitán apático del extinto ejército confederado de E.E.U.U., que se teletrasporta de manera azarosa (aparentemente) a Marte, conoce una tribu alienígena y se ve inmiscuido en su eterna guerra civil, así como la de otras dos naciones de humanos rojizos; se enamora de una princesa, tiene un papel decisivo en ambas batallas, adquiere poderes de salto y fuerza sobrehumanos debido a la diferencia gravitacional con respecto a la tierra (esto es al inicio y no entiendo por qué lo pongo hasta acá), y finalmente (spoiler alert) acaba de regreso en la tierra de manera abrupta. Ah, y detrás hay una sub-trama confusa de carácter cósmico-conspirativo que no vale la pena mencionar, no es el punto.

John Carter me dejó esa misma pequeña inquietud que en su tiempo «La guerra de los mundos» (el libro, porque la película no tiene nada que ver, aunque le doy mi visto bueno), ese pequeño sabor de incredulidad ante algo que evidentemente contraría un conocimiento general actual; a saber, que Marte no es más que un planeta desierto.

Hace algunos años que leí «La guerra de los mundos» (a manera de disculpa si dejo pasar nimiedades), hace uno o dos que le di una lectura rápida para recordar aquel elemento desencadenante del tajante final que me causa tanta gracia, y hace un par de días que literalmente pasé las páginas como un enfermo mental para más o menos comprobar si recordaba todo con detalle.

Hablemos un poco de «La guerra de los mundos»:

«Radio-escuchas en pánico, toman como hecho un drama de guerra hablado». Algo así. Adaptación posterior.

Tal como John Carter, en esta obra los marcianos hacen honor a su gentilicio, pues son originarios efectivamente de Marte; un día, deciden que mirarnos de lejos -como si no tuvieran nada mejor que hacer- no es suficiente y vienen a colonizar el planeta, aunque más que otra cosa parece un genocidio caprichoso. La gente huye, grita, y, tan súbitamente como habían llegado, los marcianos tienen que irse porque, en resumen (spoiler alert) les contagiamos el corona vairus.

No voy a engañar a nadie, mi primera impresión sobre la novela fue «¡Pero qué absurdo!»; los invasores son nativos de un planeta deshabitado y tan frío que impide el desarrollo de la vida, qué cosa más rara basar en esto todo tu libro; y aunque claro, Assimov y compañía habían hecho lo mismo en repetidas ocasiones, y no era algo que no hubiera visto nunca ¿Cómo podría ser que alguien que escuchara el relato (de «La guerra de los mundos») en la radio pensara que era real, si todos sabemos sobre la condición de Marte? ¿O no?

No. En la actualidad no hace falta más que leer un pequeño artículo de Wikipedia para conocer a detalle el planeta rojo, pero cuando descubrí la fecha de publicación de «La guerra de los mundos» (1898), todo me pareció mucho más claro.
Por supuesto que nadie sabía nada sobre Marte (o casi nada); y aunque las suposiciones estuvieran bien fundamentadas, observar con telescopio y prisma una bola roja no se compara con poner un Mars Rover sobre su superficie. Los escritores se dejaban imaginar con un planeta cercano y fantaseaban con colonias de humanos y humanoides con asuntos políticos y sociales tan complejos como los nuestros; algo más o menos razonable para el contexto.

Esta novela constituye el ejemplo perfecto de lo que va todo el post. Todos hemos escuchado la historia sobre cómo la adaptación radiofónica de «La guerra de los mundos»:

«Provocó escenas de pánico entre ciudadanos de Nueva Jersey y Nueva York, que creyeron que se estaba produciendo una verdadera invasión alienígena»

«Falsa radio-guerra infunde terror a través de Estado Unidos».
«Pánico arrasa Estados Unidos cuando la radio escenifica invasión de Marte».
«Estados Unidos veta alarmas falsas de radio».

La verdadera pregunta es ¿Qué tanto impacto causaría ahora? Pues casi nada, no de la misma manera.
A pesar de que los necios siguen y seguirán existiendo, hoy es sabido que Marte es un planeta desértico y virtualmente muerto. Claro, hay mucho por descubrir, pero la idea de colonias vivas de seres inteligentes quedó atrás hace mucho tiempo. ¿Descartada del todo? no; vaya, es posible, pero nada probable. Justificar que sigamos ignorándolo desafiaría aún a los más imaginativos.

Un anacronismo como ese propiciaría una percepción completamente distinta a la original.
Lo pongo de forma más clara:

Si la adaptación radiofónica de «La guerra de los mundos» se transmitiera hoy en día, tendría apenas una fracción del impacto que tuvo en su tiempo.

Primero debido a que la cantidad de personas que lo escucharían sería dramáticamente menor, pero en segundo lugar, y más importante aún, porque lo que para ellos (las personas de 1898) constituía un planeta misterioso e impredecible, se ha convertido, para nosotros, en un montón de arena roja digno de una o dos pláticas y nada más.

Por si pensaron «qué raro escribían», no era el inglés, eran los periodistas, como siempre.

 

Lo mismo ocurre con John Carter

Me tomé la libertad, especialmente para este post, de leer «Una princesa de Marte«, el primer libro de la franquicia de ONCE tomos de la «Serie Marciana» de Edgar Rice Burroughs y en el que se basa la película de John Carter, para comprender mejor algunos puntos.
En primera ¿La representación de Marte en la película es la misma que imaginaba el autor?
Segunda ¿Por qué el argumento al final se torna tan abrupto e insulso?

Para mi sorpresa «Una princesa de Marte» no contiene todos esos elementos tan extraños de la película. Nadie posee un poder del rayo capaz de destruir flotas de naves enteras; John Carter sí puede saltar como chapulín, pero no es el superhéroe que vemos en la película; no hay hombrecillos blancos con amuletos especiales y el que hay no tiene relevancia alguna, ni se menciona nada de la confusísima trama de 25 años en el futuro.
Por supuesto, asumo que tal vez esto aparezca en libros posteriores (tampoco voy a leer once libros para decepcionarme), pero «Una princesa de Marte» es una obra bastante decente: es mesurada, coherente y más fantasía que ciencia ficción. Sobre el repentino viaje de John se hace únicamente una pequeña descripción que te hace pensar que fue obra de una especia de bruja, y ya está, no hay conspiraciones galácticas de ningún tipo.

Cuando cerré el libro (es un decir, porque lo leí en Kindle), me pregunté ¿Por qué, entonces, Disney hizo semejante desbarajuste en la película?
Porque trató, sin éxito, de cerrar una brecha (o más) entre la obra y el espectador.

Puedo destacar cuatro tipos distintos de brechas en el anacronismo, según mis experiencias.

 

Brecha informativa

Evidentemente, en esta colocamos nuestro primer caso, John Carter con «Una princesa de Marte» y «La guerra de los mundos«; aquí, la obra acaba sintiéndose brutalmente anacrónica debido a un conocimiento popular actual que, obviamente, en el tiempo de su creación, no existía; y esto contradice ciertas propuestas del texto en cuestión.
La fantasía viva que podían experimentar los lectores de hace más de cien años ante una obra que jugaba con el desconocimiento de Marte, se ve sustituida por esa ligera pero molesta sensación de «bueno sí, yo voy a imaginarme que está pasando en otro planeta más lejano» que tendríamos todos actualmente.

Dentro de la inverosimilitud, una declaración como «Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana» acaba haciendo la obra mucho más creíble que «Hace veinte años en el planeta que ya sabemos que está desierto».
No obstante, Edgar Rice Borroughs hace el intento, y aunque ajusta detalles como la fuerza sobrehumana de John por la gravedad, la generación de atmósfera para que el lugar sea habitable (pequeña trama que se borró por completo en la película) e incluso podríamos atribuir a ciertas características físicas de los marcianos algunas condiciones basadas en descubrimientos científicos, no podemos evitar mostrarnos escépticos ante una realidad tan contrastante con la nuestra, en cuanto a la información se refiere.

El problema tampoco es una tragedia, no es como que pensáramos que la obra estaría basada en sucesos reales, pero es innegable que ante algo tan chocante se acaba por sesgar el libro en cuestión, y mucho más si tenemos en cuenta que podría tratarse de un género distinto que se saliera de la norma más agresivamente.

Mientras «La guerra de los mundos» optó por quitar toda referencia a Marte, «John Carter» dejó las cosas como estaban.

 

Brecha por alienismo

La más común de todas. ¿Cómo evitar que se note el paso del tiempo? ¿Cómo lograr que el lector perciba el mundo de la misma manera que lo hacían las personas de la época victoriana? ¿Cómo trasladarlo al renacimiento? ¿A la Grecia clásica? ¿A la reforma protestante? ¿Al esplendor mesopotámico?

El lector sufre tanto como la obra, la distancia es abismal; no puede comprender las costumbres, los cánones, las relaciones personales o la cultura en general; por ello el disfrute de la obra se merma; por ello sentimos tan ajenas las obras de Shakespeare, y cuando sus versos se adaptan al teatro nos causan una fuerte sensación de falsedad; o las comedias de Plauto, donde a pesar de basar su humor en los mismos principios que ejemplos como Cantinflas, no esbozamos más de una sonrisa; o los Entremeses de Cervantes, que aún saldando la barrera de la lengua (más o menos), nos hacen extrañar los remates y la comedia de lo absurdo; o las obras de Jane Austen, donde los modales y las costumbres de la «nobleza» nos inspiran vergüenza ajena y solo constituyen una obra jocosa donde debería de haber una romántica, sumado obviamente a la tendencia misógina, materialista e hipócrita de la época (que quizá no dista tanto de la aristocracia actual, pero de ella tampoco formamos parte ¿O sí?)

La cultura actual difiere tanto de algunas otras que simplemente no somos capaces de acoplarnos a la obra.
Por supuesto, entre más se conozca del tema, es posible acercarnos, pero ¿Será suficiente?

Sea cual sea el ejemplo, cualquier obra será un reflejo sublime (a veces no tanto) de la sociedad en la que reside. El autor, su intelecto, humor, prosa, construcción de ideas e incluso uso del lenguaje, es un cúmulo sin fin de experiencias; su manera de ver el mundo está íntimamente relacionada con su contexto, y cuando la obra perdura, será muy difícil que cualquiera la pueda entender de la misma manera que él mismo, o aquellos que compartieron su tiempo y espacio.

Tal como decía el meme: «Imaginen tener que explicarle a alguien dentro de 60 años el por qué esto es gracioso«:

Quizá ya ni siquiera ahora mismo lo puedes recordar. El momento ya pasó.

 

Brecha por innovación efímera (por cliché)

La obra propuso ideas tan innovadoras que todos acabaron por imitarlas. Tal es el caso de Lovecraft, uno de mis principales conflictos del género.

El terror es muy difícil, no es un secreto. Los videojuegos se destacan como el medio más certero para capturar al espectador, disponiendo de sus sentidos y percepciones principales. Son capaces de provocarte pesadillas con sonido, imágenes e incluso interacciones físicas con VR.
Las películas le siguen de cerca, pero un grito sorpresa no se compara con ser el protagonista de la historia.
Y por último, en un rincón sumamente celoso, se encuentra la literatura. El reto más grande de todos, usar las palabras para evocar una sensación únicamente perceptible por medio de la circunstancia.

¿Han escuchado que si mastican chicle cuando están nerviosos o tienen miedo, su cerebro tiende a calmarlos porque asume que están comiendo?

«Y como estamos comiendo, pues todo lo demás está bien; no podría estar comiendo si estuviera en peligro«, piensa.

Y lo mismo ocurre con la lectura, por ello es tan difícil que realmente una obra nos genere terror; se necesitan estímulos muy puntuales y lenguaje preciso.

«Si estuviera en peligro ¿por qué estaría leyendo, recostado cómodamente en un árbol, mientras escucho el canto de los gorrioncitos?»

Mi problema con Lovecraft es que basa su terror en las revelaciones, remata sus relatos con plot twists que -se supone- te dejarán helado, y serán algo que pensarás a la hora de dormir (como decía Dross). La cosa es que he visto tantas veces sus recursos, que al cabo de cinco minutos de iniciar la historia, ya sé cuál será el desenlace; ya entendí que se trata de una secta; que él es la criatura; que tal o cuál fue el causante de tal muerte y lo están atormentando; según sea el caso.
Y no es que tenga un nivel sobresaliente de deducción (al fin y al cabo los relatos de Sherlock Holmes (Arthur Conan Doyle) siempre me acaban sorprendiendo; ahora vamos con eso), sino que el autor tampoco está tratando de ser el más críptico del mundo, y no se supone que su lector haya visto ya cientos de películas de terror malísimas que han explotado los recursos de Lovecraft -y similares- que en su tiempo fueron innovadores.

Solo hablo de relatos; dioses como Cthulhu casi siempre son tan impresionantes como su fan-art.

 

Brecha por carencia de estímulos

Vivimos el flujo de información más veloz de la historia, las películas se adaptan para ofrecer cada vez más estímulos en tiempos cada vez más cortos, porque si no atrapan rápido al público, difícilmente lograrán incluso que acabe de ver la obra. Las series (afortunadamente) se acortan exponencialmente, y lo que antes eran diez temporadas de 22-25 capítulos cada una, se redujo a una mucho más agradable cifra de 8-13, en solo algunos años; e incluso hemos visto como Netflix abandona vacas lecheras como «13 Reasons Why» al cabo de tan solo cuatro temporadas, pudiendo haber sacado sus respectivas diez, con trilogía de películas, y alguno que otro spin-off.
Actualmente, si una serie dura más de diez capítulos por temporada la sentimos agobiante, y aunque esto trae beneficios parciales (como dejar de obligarnos a ver diez horas de relleno), es un síntoma de lo que le pasa al espectador en la actualidad.

Ya nadie está dispuesto a invertir más tiempo del debido en historias que no sean inmediatamente trascendentes; y esto definitivamente contrasta con las horas tiradas a la basura en redes sociales, pero ¿qué sabemos nosotros?
Esta es la principal razón por la que ya nadie lee, porque es aburrido, porque lo hemos vuelto aburrido. Y podría hablarles de las maravillas de la lectura y hacer una oda a la tinta y papel, pero la realidad es que ni yo ni nadie puede evitar sentirse de la misma manera. No leemos por disfrute, leemos porque «tenemos que hacerlo»; la gran mayoría de los libros son sumamente lentos, y ni de lejos se asemejan en volumen de estímulos al que obtenemos de una serie o película; además, por supuesto, tienen una limitación: la lectura humana per sé.

Nos enseñan negligentemente a leer en voz alta, y cuando nos vemos liberados finalmente del yugo estudiantil primario, todos acabamos enunciando las palabras en nuestras mentes por costumbre. Suena muy extraño ¿verdad? Es incluso ridículo.
Esto hace que la velocidad de lectura promedio (palabras por minuto) sea muy similar a la velocidad de habla. Y todos habremos notado que nuestro cerebro funciona mil veces más rápido que nuestro idioma.
Hemos escuchado que «una imagen dice más que mil palabras«; y ahí está el gran problema de la lectura.
Lo que se nos puede mostrar con imágenes, iluminación, sonidos, diálogos o vestuarios en apenas unos segundos, se nos tiene que describir por una voz que «habla» en nuestra mente, con una minuciosidad que jamás igualará a los otros sentidos.

Esto reduce dramáticamente la cantidad de estímulos, y es lo que acaba por dormir a las personas cuando intentan leer algo que «les interesa». Por ello, si tienen ese típico amigo que dice amar la lectura, tengan siempre sus reservas, lo más probable es que mienta, o peor, que se haya engañado a sí mismo.
Ya no estamos hechos para leer, nos aburre y no hay remedio -además de la lectura ultrarrápida de la cual planeo hacer un post-. En lo personal, me tomo el tiempo de leer únicamente para saber de qué tratan los libros, pues muy pocos me han sido realmente «divertidos»; y por supuesto, el poder quitarme la atadura de «leer en voz alta en mi cabeza» y cuadruplicar las palabras por minuto, constituyen una bendición que le debo a Ramón Campayo (les dejo el nombre por si no escribo nada, como es costumbre).

Y justamente, la disparidad entre «lo que a las personas de tal o cual época les parece entretenido» y «lo que nos parece así en la actualidad», se ve acentuada conforme más diste la lectura a tu contexto.

Como ejemplo para este último punto -por qué no- utilizaré otro de los libros más conocidos de H. G. Wells: «La máquina del tiempo«.

Mientras que las películas sobre viajes en el tiempo en la actualidad tienen varios arcos argumentales, personajes bien definidos, tensión, romance, suspenso, explosiones, disparos y cuanto se nos pueda ocurrir, la obra de Wells se limita a ser una pequeña grata experiencia donde se discuten algunos temas utópicos y existenciales con una narrativa simple: un hombre llega al futuro, conoce unos humanoides, provoca un caos pasajero y se va.
Podríamos decir que no se trata de una obra tan ambiciosa, así como tampoco lo fue «La guerra de los mundos», la cuestión aquí es que, si leyéramos ambos libros de Wells, según How Long To Read, nos llevaríamos cinco horas a velocidad de 300 ppm (palabras por minuto); pero, el que sea el estándar usado por el sitio no significa que sea la velocidad promedio, en cambio, en México no se excede ni siquiera las 150 ppm (y a mí esta cifra me parece sumamente exagerada; si así fuera, se leería más).

Traducimos esto a más de diez horas de lectura en dos experiencias que -aunque son valiosas porque de ahí en adelante sabes de qué tratan esos libros y no hablarás por hablar- se llevan el mismo tiempo que la primera temporada de Dark (spoiler alert), donde, con la misma temática, literalmente pasa de todo, y tiene propuestas complejas, un argumento magnífico, y pinta para mucho más.

Por cierto, estamos a cuatro días del apocalipsis; qué emoción.

Pero ni Wells ni nadie en su posición buscaba escribir obras sublimes que evocaran las más complejas sensaciones y nos invitaran a reflexiones cósmicas, únicamente era una aventura que se le ocurría para sacarle un poco de dinero a su editor, y que los demás disfrutaban leer en lugar de quedarse viendo el techo o ir «al club».

Por esto es que la adaptación de Sherlock de la BBC -y todas las demás adaptaciones habidas y por haber- se califican como «adaptaciones libres«, porque aunque en obras como «El sabueso de los Baskerville» (1902) el misterio y su resolución sí logran desafiar al intelecto del lector, no pueden compararse con los miles de elementos que aparecen a un ritmo frenético y sin tregua al espectador en una serie que debe mantener tu atención durante más de una hora; que debe ser emocionante y permanecer en la mente del público por largo rato.

Si se adaptaran las aventuras de Sherlock Holmes al pie de la letra, jamás podrían constituir una de las mejores diez series de todos los tiempos, como sí hizo Sherlock de la BBC.
No me mal entiendan, por supuesto que aprecio los relatos, no en balde los he leído (sería absurdo), pero les juro (aunque no puedo recordar qué relato es) que hay un caso donde solo le cuentan el crimen a Sherlock y a la mañana siguiente se acaba por resolver solo. Imagínense llevar a la televisión un capítulo así, imaginen las huestes de inconformes en Twitter.

Si hay una diferencia entre el flujo necesario de estímulos para el espectador esta está estrechamente relacionada con la época que vive, y dejando de lado la intencionalidad de la lectura (en el caso de Sherlock eran relatos que se iban directo a una «revista» una vez al mes), el autor no tiene de otra más que servirse de los escasos recursos que dispone.

Esto ya parece publicidad de Netflix.

 

Cómo cerrar las brechas

Presumir la capacidad de combatir el anacronismo sería pecar de arrogancia. Habrá obras que perdurarán casi intactas, como «Moby Dick» que conservará su forma valiéndose de lo ajeno que resultara ya de por sí para sus contemporáneos de hace ciento cincuenta años, por basarse en un mundo tan aislado y celoso para los citadinos como lo es la vida marítima (figurativamente, aún en tierra), así como poco cambiante. O libros de completa fantasía que alteran desde la raíz el mundo en el que se desarrollan, sin tomar elementos importantes del nuestro.

La responsabilidad de cerrar las brechas recae en el lector, que deberá adaptarse y aprender sobre el mundo que va a leer, al menos cuanto sea posible. Deberá comprender el contexto y la intención de la obra y bajar las revoluciones de un mundo desenfrenado para darse la oportunidad de conocer incluso los detalles de esas obras que tanto aprecia en adaptación cinematográfica, porque la frecuencia con la que aparece la frase «me gustaba más el libro» no es casualidad, y aunque muchas veces está influenciada por el ya mencionado esnobismo, jamás podremos comparar el desarrollo que puede dársele a un personaje, por ejemplo, en cien páginas que transcriben su pensamiento y sensaciones, con una película y los veinte segundos de acercamiento al rostro de algún mal actor en turno. Simplemente estaríamos captando apenas un grano de arena de la complejidad de la obra, suponiendo que se trata de una que valga la pena.

 

Si a John Carter se le agregaron explosiones, superpoderes, alienígenas ancestrales y batallas épicas fue para tratar de enmendar la distancia temporal (¿?) entre la obra y el espectador.

La película trató de adaptar una obra que sufría todos los daños por anacronismo que hubiera podido.
Era una propuesta que contrariaba el conocimiento reciente; estaba basada en un mundo desconocido -y ni siquiera era marte, sino la guerra civil (estadounidense) y el final de la época victoriana (inglesa, como influencia directa en la obra)-; hacía su aparición después de las miles y miles de imitaciones que se coronan a sí mismas como «clásicos del cine», que tomaron prestadas sus propuestas originales y las explotaron por casi un siglo; y por supuesto, luchaba contra una exigencia generalizada de estímulos al por mayor, y se basaba en una obra más mesurada.

El desastre no era de extrañarse.

Y claro, la labor no era imposible; aún basándose en obras de época victoriana, con pocos estímulos y girando en torno a un ambiente más aristocrático que popular, tenemos la mencionada adaptación de Sherlock de la BBC, que aún modificando las historias casi en su totalidad, deja ese tenue sabor de la obra original que a cualquiera que se tome el tiempo de leer antes de acudir a la serie, no podrá más que maravillar.

Pero ¿Por qué no responsabilizar al artista en cuestión por no esforzarse en otorgar una mayor vigencia a sus obras? simple, porque él no podía ver hacia el futuro; en cambio, nosotros sí al pasado.

Me gustaría decir que esta imagen también la hice yo, pero bueno, mis Meninas quedaron bien ¿qué no?

 

Si elegí «el anacronismo» como la directriz de este post es porque los cuatro problemas discutidos se originan o enfatizan debido al paso del tiempo. Es decir: Información, alienismo, innovación, y carencia de estímulos.
Por supuesto habrá excepciones, y así como obras contemporáneas podrán presentar alguno de los puntos (probablemente uno extra: el lenguaje), habrá otras que a pesar de pertenecer a siglos distintos, se mantendrán exentas.

Y esto no se limitará a los medios escritos; pues aún con los privilegiados, la mayoría de los re-makes acaban siendo mejores que las películas originales, y si la opinión popularizada aclama siempre lo contrario es por mero postureo o las ya conocidas «moras del recuerdo» que solo exaltan el viejo concepto de «todo lo pasado fue mejor».
Pero en el fondo, todos los necios conocen la verdad; la obra más nueva te gusta más, y no hay de qué avergonzarse, porque fue hecha para ti, y detrás de ella hay cientos -o miles- de tus contemporáneos, que comparten tu cultura colectiva, ritmo de estímulos y cánones estéticos, trabajando por aportar algo que se ajuste al contexto actual.

 

Si acabo por leer el resto de la «Serie Marciana» (o «Tarzán«, del mismo autor), esperen el detallado análisis que nadie quiere leer; y ojalá que de este pequeño post pueda salir algo de interés, pues como «John Carter» nos enseñó, aún en los lugares más inesperados se esconde una historia interesante.

 

Las brechas por anacronismo en la literatura | John Carter y más

Osman AT.

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