Y entonces ¿Qué pasó con Narnia? (Libros y películas)

Hace tan solo unos días se conmemoraron setenta años de la publicación original del libro que habría de iniciar una de las sagas de fantasía más grandes de todos los tiempos. «El león, la bruja y el ropero» vio la luz el 16 de octubre de 1950 y, aunque los sucesos allí descritos harían de él el segundo libro en orden cronológico, fue el primero en estrenarse. La importancia de esto radica en que, además, sin duda, de la mano de su adaptación cinematográfica, es el más célebre de todos.

Tras este pequeño preámbulo he de admitir que no tenía ni la más mínima idea del supuesto «aniversario». Simplemente lo acabo de averiguar dándome una vuelta por Wikipedia para la clásica extracción de datos «duros»; pero esta curiosa coincidencia reafirma mi punto -aun no expuesto-.
No me topé en estos días con una sola publicación, tweet, o artículo exprés al respecto. No vi memes de Narnia, no escuché a nadie hablar sobre ello, nada.
Claro, tampoco es que un aniversario de setenta años sea el más ilustre, pues en el albor de los tiempos, el omnipresente genio del pueblo decidió darle prioridad al setenta y cinco de manera aparentemente arbitraria, o solo porque constituye tres cuartas partes de otra cifra a la que aleatoriamente también se asignó valor. Pero sigue resultando un poco inquietante, sobretodo cuando tratas de hacer memoria para vislumbrar cuándo fue la última vez que escuchaste sobre la saga, o cuando notas que cada año, sus supuestos «similares» invaden los primeros puestos de tendencia mundial en Twitter ante la conmemoración de cualquier nimiedad relativa a ellos.
Y si bien la creación de este post parecería coincidir con el aniversario mencionado, es meramente una casualidad.

La verdadera cuestión aquí es ¿Dónde quedó Narnia? ¿Qué pasó con las películas y el proyecto en general?

Como es costumbre, esta no será una reseña en absoluto, sino un pequeño espacio de reflexión en el que veremos por qué la saga acabó siendo abandonada a la mitad luego de apuntar tan alto; especularemos sobre su futuro (porque se supone que tendrá uno); y por supuesto, mencionaremos todo aquello que le da una identidad a la franquicia, ya sea a través de sus adaptaciones o material literario original, sin olvidarnos de sus supuestos «competidores» y la curiosa relación entre ellos.

La razón real -y un poco insulsa- por la cual me tomé la paciencia de ver las películas y leer los libros de Narnia por primera vez a estas alturas, no tiene nada que ver con aniversarios vanos, y fue simplemente porque, al igual, seguramente, que muchos niños de los tempranos 2000’s, tenía bien guardados algunos de los títulos (en papel, quiero decir) desde hace muchos años; esto debido posiblemente a la fiebre suscitada durante el estreno de la primera película de 2005, donde Disney echó toda la carne al asador… ¿Se acuerdan?

Veías la televisión (porque eso hacíamos antes, gente), y te topabas con el emocionante trailer y un clásico «solo en cines»; salías a la calle y un cartel del tamaño de un avión mostraba el místico armario o un montón de niños con objetos punzo-cortantes; en tu escuela primaria (actualmente extinta) todo el mundo hablaba al respecto: un niño ya era fanático, otro decía que había leído los libros pero no se acordaba, y otro más aprovechaba el revuelo para ganarle todos los tazos al resto, mientras enfocaban su interés en otra franquicia; veías parabuses, mochilas, luncheras, juguetes, estuches, estampas, playeras, videojuegos, anunciaban el musical sobre hielo, concierto, show de stand-up, y ya hasta había rumores (ciertos) sobre el parque de diversiones temático, y respectivas secciones en Disneyland. La emoción estaba a flor de piel, los niños estaban extasiados y se les cocían las habas en espera de una nueva y revolucionaria franquicia que habría de despojar a sus padres de otro considerable porcentaje de ingresos durante los próximos años; o al menos eso parecía.

Además de todo esto, evidentemente, los libros en los que se basaría(n) la(s) película(s) estaban disponibles en cualquier tienda departamental y Sanborns de conveniencia, a pesar de haber desaparecido por unos cuarenta años de la faz de la tierra. Qué raro ¿no?
Fuera como fuese, acabé en posesión de algunos de ellos ante la enjundia con la que Disney metió hasta por las orejas de los niños toda esta franquicia; pero en realidad no podía siquiera recordar haber visto la película, y únicamente leí los primeros dos libros, abandonando el resto.
El por qué la saga -en su versión escrita- no me atrapó lo vamos a discutir más adelante, pero lo que ahora nos truje, y directriz con la que se guía este post, será el fenómeno acaecido a las adaptaciones cinematográficas.

La primera película (El león la bruja y el ropero) se estrenó en 2005, y aunque no fue del todo decepcionante (con una recaudación de 745 millones), acabó siendo uno de esos proyectos multimillonarios que no convencen del todo al ambicioso señor Mickey Mouse.
En definitiva, nadie en su sano juicio sería capaz de despreciar tan estremecedora cantidad, pero, a fin de darnos cuenta por qué Disney acabó guardando la franquicia en una caja de zapatos y arrumbándola en un armario (ordinariamente privado de magia), tenemos que prestar atención al contexto, y a los objetivos que perseguía la empresa.

 

¿Por qué adaptar Narnia al cine? (Tanto tiempo después)

Al igual que cualquier otra franquicia -lo suficientemente antigua-, la saga de «Las crónicas de Narnia» tenía en su haber varias adaptaciones de baja o media calidad que databan de los terribles años 80’s, así como algunas caricaturas que no habían sido vistas ni por dios padre.
Entonces, si el material original llevaba disponible más de cincuenta años (el primer libro fue escrito en 1950), ya se habían hecho varios intentos de llevar a la fama una adaptación cinematográfica, y, a grandes rasgos, no parecía contar con un fandom considerable ¿Por qué Disney decidió aventurarse en aquel momento?

Uno de los factores es que, supuestamente, los herederos de C.S. Lewis (el autor original), cuidaban con mucho recelo los derechos cinematográficos de Narnia, temiendo que la tecnología contemporánea no fuera suficiente para plasmar una versión realista y digna de las historias; esto hasta que «Douglas Gresham viera una demostración de CGI (Imágenes generadas por computadora) que acabaría por convencerlo». George Lucas, agárrate.

Y es muy bonito pensar que, luego de tantos años, por fin el mundo estaba listo para ver Narnia en todo esplendor, y su magia vería la luz pública que merecía, a costa de haber mantenido un bajo perfil durante la vida del apesadumbrado autor.
Pero ¡Por favor!

Si se decidió recurrir a la saga -y el proyecto fue tan ensalzado por Disney-, no fue sino por la misma razón de siempre: Se estaban quedando sin su rebanada de pastel ante «La Competencia«.
Dos franquicias en apogeo, e incluso una todavía ascendiendo, estaban arrasando en taquilla como nadie habría anticipado, y no querían quedarse atrás. Entonces, aún si el material que la compañía eligiera no fuera del todo similar, lavarían los cerebros necesarios para convencer de lo contrario y vender, y levantarían hasta la última piedra en busca de una saga -ya escrita y preparada- que les redujera los pasos a tomar, porque la cosa, como Frida Kahlo, no pintaba nada bien.

Y si queremos un reflejo más claro, tenemos la desinteresada manera en la que dicha compañía abandonó el barco después del «fracaso» que fuera la segunda película (2008), dejándolo todo en manos de 20th Century Fox y condenando, por supuesto, a los otros CUATRO libros restantes, al olvido cinematográfico.

 

Harry Potter y El Señor de los Anillos (LOTR)

J.K. Rowling & J.R.R. Tolkien

 

Qué desesperante ¿no? Uno no puede leer o hablar sobre Narnia sin que salgan a relucir esos tan entrometidos nombres.
¿Por qué? Porque nos hicieron creer que, de alguna manera, eran sagas «parecidas«.
El imaginario colectivo es tan reducido que, en su angustia ante la amenaza de expandirse, busca apoyarse en elementos conocidos, no vaya a ser que se acabe el espacio de almacenamiento; y por ello no fue la primera (ni será la última) vez que cuando nos aproximamos a una nueva historia recibimos argumentos como: «Pues se parece a tal», o «Es para fanáticos de tal otro».
Y no nos vayamos tan lejos, incluso la contraportada de mis libros abre con una leyenda así: «Amigo y colega de Tolkien, C.S. Lewis es uno de los más grandes escritores de…«, dios, qué manera tan estúpida de ver las cosas.

Si otro autor es referente para lo que me estás vendiendo ¿Entonces para qué quiero lo que me estás vendiendo y no lo otro?
¿Es necesario aclamar que una obra es parecida a otra para vender? A veces sí, a veces no, y claro que depende del público en cuestión, pero aquí el problema fue que los encargados de Narnia adoptaron el concepto como un mantra.

Uf, como dos gotas de agua. (Esto lo encontré por ahí con otras miles de imágenes al respecto).

La realidad es que entre ellos, como material original, no son competidores directos de ninguna manera.
Exceptuando quizá la contemporaneidad, amistad, y eventual ruptura entre Tolkien (LOTR) y Lewis (Narnia), precisamente originada, supuestamente, por celos ante el éxito rotundo de uno, y mediano del otro.

Y aunque el aclararlo me parece ridículo: ninguno -de los tres- es un plagio de otro. Que esa idea sea tan popular se debe a que recientemente el concepto ha sido brutalmente depreciado por el analfabetismo funcional que radica en Twitter, y que asoma la cabeza con cada mínimo parecido, como: «Es que el protagonista es mujer», o «Es que tiene un amigo pelirrojo». Ah, vaya ¿Entonces el color de cabello es más importante que TODOS los demás elementos completamente distintos?

Ni el hecho de que exista la magia hace similares a Narnia y Harry Potter; ni tampoco el que haya gente con espadas y armaduras hace necesariamente que tenga algo que ver con El señor de los anillos.

Y perdón que me tome el tiempo de exponer un punto que (espero) parezca tan obvio, pero:

Narnia es un compilado de pequeñas historias (mayormente bélicas) de un mundo ficticio paralelo al nuestro, protagonizadas por niños ingleses y animales parlantes. Hay criaturas mitológicas, magia, y un león que en definitiva no es una analogía del dios cristiano.
Harry Potter es la historia de un niño que asiste a una escuela de magia (en nuestro mundo) y trata de acabar con un mago tenebroso.
El Señor de los Anillos narra la odisea de Frodo y Sam (y muchos arcos argumentales paralelos), quienes buscan destruir un anillo mágico milenario, heredero de poderes malignos.

Narnia estaba dirigido a un público mayormente infantil -a pesar de que tenga interpretaciones profundas- y contiene historias simples y relativamente breves; además, no cuentan con una trama general (al menos sólida).
Por ello los libros se llaman «Las crónicas de», porque son solo eso, el registro de historias que sucedieron en el país imaginario.

Harry Potter es un híbrido, como muy pocos, entre géneros de literatura infantil, YA (Young Adults), e incluso fantasía clásica (normativa). Es una ficción que evoluciona con su lector y por ello es maquiavélicamente perfecto para atrapar al público en general, así como lo hizo.
Tiene un argumento principal enteramente basado en el protagonista, un viaje del héroe y un enemigo común.

Y por último, El Señor de los Anillos es literatura fantástica para adultos.
Y de verdad, los insto a ponerlo a prueba; vayan a comprar «La comunidad del anillo» y regálenselo al jovencito menor de quince años de su elección. Verán como su actitud hacia el libro va de «Qué emoción, es el de las películas esas ¿no?», a «Hmm ¿ya puedo jugar Fortnite?».
Y ni hablar de otros títulos de Tolkien como «Los hijos de Húrin«, que son tan complejos y enredados como magníficos (excepto El Hobbit, ese sí es para niños, aunque tenga fórmulas que no entiendo cómo podrían atraparlos).
Si la franquicia aparentemente resulta del agrado de los más pequeños es de rebote.
Si hay niños que lo leen con enjundia son la excepción a la regla; no porque sean genios, pero no está dirigido a ellos.
Evidentemente cuenta con un argumento general más sublime, complejo, lleno de analogías no -tan- obvias, y claro, muchísimos personajes que complementan la trama.

Simplemente no existe manera de comparar las franquicias; no solo en argumento sino también en formas y mercados. No buscan atender al mismo público; unos tienen vigencia perpetua, otros son contemporáneos y por ello no podemos saberlo aún, y otros, debido a la estructura, son evidentemente un poco anacrónicos si se trata de atender las mentes revolucionadas de los niños actuales, comparadas con las que tuvo como destino.

Claro que hay criaturas mitológicas, batallas y magia, pero juzgarlas como iguales solo por esto, refleja ser un simple necio.

Y aquí es donde radicó el «fracaso» primigenio. Disney trató de arrebatar el público a otras franquicias en auge por medio de una que no podría realmente sostener una competencia. Calidad y cantidad de lado.

 

Comer sopa con tenedor

Fuente: este canal

Si hablé con tanto ahínco de las dos sagas mencionadas no es causalidad; y si se les compara tanto con Narnia tampoco lo es, aunque no podría estar más fuera del lugar.

El auge de «El señor de los anillos» 2001, 2002 y 2003, había dejado un promedio de casi mil millones de dólares (en español) por película.

La saga de «Harry Potter», 2001, 2002, 2004 y 2005 (hasta ese momento), estaba ganando más terreno, aún cuando su primera película había logrado ya mil millones de dólares; y, caray, ni siquiera Disney en sus peores pesadillas habría podido imaginar que se convertiría en la tercera franquicia más taquillera de la historia.
Un promedio igualmente de mil millones por película estaba haciendo que el señor Mickey se arrancara el cabello a montones.

Entonces:

*Año 2004, Los Ángeles, California*

*Disney Inc. Headquarters. Sala de conferencias*

*Junta mensual de la mesa creativa*

Señor Mickey: «A ver, a los niños de ahora les gusta la magia, los animalitos y las espadas ¿Qué tienen para mí?»

Juanito: *Con sonrisa burlona* «¿Y si hacemos algo nuevo?».

*Todos ríen estrepitósamente*

Señor Mickey: «Les digo que Juanito me mata *Se limpia una lágrima con alegría*. Vale, basta ya, pongámonos serios».

Paquito: «Hay que comprar ‘Canción de hielo y fuego‘ (Game of thrones); ya va a salir el cuarto libro, igual y le hacemos unas películas ¿no?»

Señor Mickey: «¿Te estás burlando, imbécil? A nadie le gusta esa saga para ñoños, sería un fracaso».

(El silencio le otorga la razón)

Zutanito: «Mmm… hay unos libros que son igualitos al Señor de los Anillos, o sea, hay magia, un león…»

Señor Mickey: «¿Cuántos son?»

Zutanito: «… Y están bien padres, es un país creado po…»

Señor Mickey: «¡¿Cuántos son?!»

Zutanito: «Siet…»

Señor Mickey: «Lo amo».

(Todos aplauden).

 

Y así, Disney puso el primer clavo en el ataúd de Narnia.
Trataron de atender un público con el producto equivocado (de ahí el sub-título tan peculiar de esta sección), porque la urgencia no dejaba lugar a muchos miramientos.
Pudiera parecer una teoría racional; después de todo, si eso te gusta, esto que se parece tiene más oportunidad que algo completamente distinto, pero como ya vimos, el «parecido» es muy subjetivo; además, la trilogía de «El Señor de los Anillos» estaba muy fresca, había sido un éxito sin precedentes, se coronaba en triple empate como la película más ganadora de la historia en los Premios Óscar… había sido perfecta, y nadie hubiera imaginado que sería algo irrepetible.

 

El «mercado» ilusorio

Aunado a tratar de vender gato por liebre, el mercado que Disney estaba tratando de atacar era en realidad inexistente (y, en cuanto a Harry Potter, apenas estaba en gestación).
Cometieron el error de pensar que podían diversificar y apuntar a un grupo desatendido, tal como ocurrió con las películas de superhéroes, que aunque ya había, parecían un desperdicio de recursos hasta la llegada de Spiderman de Tobey Maguire e incluso, por qué no, «Los Cuatro Fantásticos«; una ramificación que acabaría acaparando precisamente la empresa del señor Mickey pocos años después y se convertiría en la mina de oro más fructífera de la historia del cine.

Ante el rotundo éxito de LOTR, se asumió que podía minarse algo nuevo y se concentraron esfuerzos para ello, pero los supuestos «fanáticos» objetivo estaban ahí únicamente para ver «El Señor de los Anillos», y ni buscarían ni obtendrían sustitutos. Y eso quedaría más que claro posteriormente:

No ha habido una adaptación más laureada por la crítica y audiencia.
No hay franquicia con un fandom más fiel y activo después de tanto tiempo.
Hay muy pocas trilogías que no acaban en desgracia, e imaginar el broche de oro de esta, sería arrogante para cualquiera.
Vaya, incluso las adaptaciones de «El Hobbit» (que cualquiera podría pensar que tendrían la misma recepción al ser obra del mismo autor), no tuvieron ni de lejos un impacto o aceptación como sus similares (exceptuando la recaudación).

Pero nadie podía saber que sería una excepción eterna, y la ambición pudo más. Por ello, de todos los elementos, lo único que las ratas pudieron sacar fue: «Son libros igual de viejos», «Son como lo mismo», y por supuesto «Si ellos pudieron ¿por qué nosotros no?».

 

Las películas

Para poder evaluar las adaptaciones cinematográficas es necesario aclarar que se llevaron a cabo de manera caprichosa. El orden de lanzamiento de las obras originales sí se respetó, pero no así el orden cronológico.
No me aventuré a ver las películas hasta terminar los siete libros porque pensé (tan inocente yo) que habían mezclado «El sobrino del mago (1)» y «El león, le bruja y el ropero (2)» para la primera entrega, ya que, en mi imaginación, no podía concebir el llenar dos horas y media con un libro que aunque no es precisamente corto, en realidad no está lleno de sucesos.

Pero no, las tres películas se atienen a los libros (segundo, cuarto y quinto) y no salen de ahí; y aunque cambian algunas cosas, no mezclan ningún elemento.
Entonces noté que definitivamente habían tirado el proyecto a la basura.

«El león, la bruja y el ropero» es maravillosa. Una adaptación fiel e incluso más dinámica que la obra original. Hay cambios absurdos y en pos de alargar la trama (que tampoco es que buscara trascender mucho), pero apenas y pude contar un par de momentos de letargo.
El reparto es óptimo, aunque podría haber ido un escalón más arriba. Y aunque la trama es evidente desde el primer momento (nadie pensaría que la bruja iba a matar a los niños ¿verdad?), se disfruta como pocas películas tan innecesariamente largas.
Además, llevar a Aslan a la pantalla era sumamente complicado por implicaciones visuales y -algunas- religiosas que debían volar más bajo que en el libro original para eludir el radar de prejuicios de chicos y grandes; y aún así, lo llevaron a cabo sutil y gratamente (mucho tiene que ver que sea personificado por Liam Neeson); así también como otros detalles que podrían resultar risibles, como ciertas apariciones fugaces, si no se planearan con mucho esmero, pero acabaron por salir triunfantes.

El proyecto fue un éxito, con 750 millones de dólares de recaudación y 180 de inversión, pero la desesperación con la que Disney promovió la película, y el hecho de que las otras dos tuvieran (forzosamente) que ser MUY distintas a la primera en cuanto a ambientación, elementos y personajes, acabó por dictar sentencia.

A saber: si me vendes la imagen de colinas nevadas, cuatro niños, un fauno, un armario y una bruja, y basas toda tu mercadotecnia en estos elementos; entonces espero que en la segunda parte POR LO MENOS no sea todo diametralmente opuesto, con un paisaje desértico, sin bruja, sin fauno y con un niño nuevo que ni conozco e impide que los personajes que me gustaron se desarrollen ni un poco.

Nota: La desaparición permanente de la bruja concierne a los libros, pero también fue factor.

 

La segunda película, «El príncipe Caspian» ya no le echa tantas ganas.
Pareciera que Disney da por sentado el fracaso de la saga y baja los brazos. Hay CIENTOS de alteraciones absurdas, escenas inventadas e incoherentes, los villanos son descartables, todos son lo mismo, y no se entienden ni las motivaciones de unos ni de otros.
Lo único bueno que tiene esta película es del material original, entre ello destacándose Reepicheep (por lo menos no lo quitaron).
De nuevo alargaron muchísimo la historia original, pero ahora sí se nota, y los momentos de aburrimiento se vuelven abrumadores. La película recaudó apenas 419 millones, es decir, poco más de la mitad que su predecesora, y con una inversión mayor de 225. Ve tú a saber en qué se gastaron tanto.

Y por último «La travesía del viajero del alba«, el hijo no reconocido (en aquel entonces), con Disney desentendiéndose. La última patada del ahogado. Una mezcolanza de sucesos y un enemigo incomprensible e inventado.
El mejor libro de los siete es un caos total en pantalla, y en lugar de sentirse como una odisea clásica (y genuinamente con estructura similar a la obra de Homero) pero de menor extensión, se convierte en una montaña rusa de emociones injustificadas en la que los protagonistas saltan a discreción entre estados de ánimo, sub-tramas y locaciones.
Ah, y la edición parece empecinada en que las cosas se tuerzan todavía más.
Se invirtieron 155 millones de dólares y se recaudaron 415. El peor número de las tres, pero con inversión mucho menor. En esta ya no se compraban pizzas los domingos, supongo.

Y quizá yo tengo la culpa, quizá no debí leer la obra original primero, y tal vez habría visto la trilogía con otros ojos, pero la magia de Narnia apenas y se alcanza a percibir en las adaptaciones, y puntualmente abandona la conversación para la segunda película.

 

Los libros

 

Por otra parte, los libros como entidad funcionan perfectamente.
Teniendo en cuenta que, como ya mencionamos, no se trata de historias con una trascendencia conjunta sublime, o una propuesta tan ambiciosa como la de sus «competidores», es como podemos disfrutar de la obra.

Narnia no se pone reflexiva o profunda sino hasta el último libro, donde entiendes que, aunque las crónicas son suficientemente disfrutables de manera individual, el arco principal era una analogía melancólica y muy vigente sobretodo si dejaste la infancia hace mucho tiempo; y a pesar de similitudes religiosas, este enfoque pasa a segundo plano.

El que Peter y Susan no puedan regresar a Narnia por ser «demasiado mayores», o el que Lucy parezca tener una sensibilidad a la magia tan poco común, no es una coincidencia. El mundo que se retrata en «El león, la bruja y el ropero» con un señor Tumnus viviendo plácidamente en el bosque, o con una pareja de castores tan entrañable, solo nos remonta a una inocencia olvidada. La nobleza de Reepicheen y su gente no tiene precedentes. La venerabilidad y el sacrificio de Aslan es incomparable. Aquel mundo está lleno de bondad, y nos demuestra cómo esta está en constante amenaza y destrucción.

La reflexión principal, y que seguramente vimos un millón de veces personificada o, tristemente algunos habrán experimentado en carne propia, es una que, cuando niños, no podríamos comprender; y será hasta entrada una edad más gris cuando cobre sentido.

Sobre Susan en «La última batalla»:

«Desperdició toda su época de colegio deseando tener la edad que tiene ahora, y va a perder todo el resto de su vida tratando de conservarse de esa edad.
Su gran ideal ha sido correr a toda prisa para alcanzar lo más rápido posible la época más tonta de la vida y luego detenerse ahí lo más que pueda».

Si dejamos de lado esos valiosos elementos más o menos fugaces, los libros (al menos del 1 al 6) no exploran mucho más allá.
Aunque entre ellos destacamos «El león, la bruja y el ropero» y «La travesía del viajero del alba«; uno por retratar por primera vez un mundo ideal y pacífico tan nostálgico, y otro por ser el más completo, complejo y extenso (en cualquier sentido) de todos, siendo un ejemplo casi perfecto del esquema de «Viaje del héroe», y una «Odisea» sin todos los elementos que hacen a la obra del poeta griego Homero algo inaccesible para un público general o joven, como lo es el lenguaje y los símiles que entorpecen el desarrollo de la trama, y que se mantienen en otras grandes sagas (ya sé que no están dirigidos al mismo público y que no persiguen los mismos objetivos; yo mismo lo aclaré antes).

Son obras mucho más mesuradas y concretas que las que acostumbramos, y ese es precisamente uno de los problemas a los que se enfrentó Disney, y se enfrenta por supuesto la saga original en contraposición con la mentalidad infantil actual.

 

¿Hay que ponerse la camiseta?

Este libro es tan bueno que deberíamos actuarlo >
Es tan bueno que hay que hacerle un monumento >
Hay que hacerle un edificio al que puedan venir los fanáticos >
Hay que juntar muchos de sus edificios y crear un parque temático >
Hay que volverlo un país >
Hay que masacrar por siglos a los que no les guste >
Pues claro que el mundo se creó en seis días, no es como que La Biblia fuera un libro de cuentos.

 

Nos educan a base de grandes franquicias. O te gusta este o te gusta el otro. Si te gusta Harry Potter tienes que comprar todos los libros, las películas, ropa, juguetes, y debes ir por ahí con tu varita aclamando pertenecer a Griffindor, o comprar una túnica para hacer el subnormal.
Si te gusta Star Wars tienes que querer sables láser, figuritas o tatuarte a Obi-wan en el glúteo.
Tienes que querer expresar tu gusto desmedido por unas u otras obras. Aquí no hay medias tintas, esto es una saga revolucionaria, que lo cambia todo y a todos, o una película mediocre.
Tienes que tirar la casa por la ventana o tu saga es un fracaso.

Este pensamiento, además de ser impulsado por las grandes corporaciones (porque les conviene que te obsesiones con una sola cosa para no tener que diversificar), lo arraigamos nosotros mismos, simplemente al no expandir los horizontes.
¿Cuántas personas deciden experimentar con nuevas sagas?
La gente no quiere nada nuevo porque «Más vale malo por conocido que bueno por conocer».
Le recomiendas Game Of Thrones a alguien y te dice «Nah, yo prefiero Vikingos«, como si tuvieran algo que ver.
Mencionas Narnia y sacan la carta de «a mí me gusta Harry Potter«; hombre, pero si no estábamos hablando de eso.
O, como alguna vez dijo el filósofo Alex Fernández: te aventuras a recomendar un comediante de stand-up y lo único que recibes es «Polo Polo es mejor» ¡Pues sí! obviamente, el señor lleva ochenta años haciéndolo, normal que sea mejor que este tarado que empezó hace cinco, pero ese no es el punto. Palabras más, palabras menos.

Narnia no fue concebida como una saga ambiciosa en su tiempo, y mucho menos lo podría ser ahora que los estándares son tan altos. Si dio esa ilusión fue obra de Disney, como ya se vio, y fue lo que acabó condenando a las entregas posteriores al olvido.

Son simples historias breves y entretenidas para disfrutar de la fantasía y suscitar reflexiones de tirabuzón. No se orientó con la malicia lava-cerebros que vemos actualmente y que incluso ha deformado las franquicias que tanto nos gustaban.

No, no hay que ponerse la camiseta necesariamente. También es justo disfrutar de las obras de bajo y medio perfil. Y sobretodo, con el fin de conocer más, es menester soltar amarras, y no aferrarse religiosamente a esos elementos que se nos inculcó debían definir nuestra personalidad. Porque entre más conocemos más podemos ser críticos, o analizar de manera objetiva. Si toda la vida tenemos un par de elementos referentes, estos actúan como sesgo cognitivo, y entonces terminamos siendo esos adultos tan cerrados y dogmáticos que Narnia busca evitar.

Claro que no le conviene a nadie que tu horizonte «cultural» abarque más allá de lo usual, porque si ves cien películas te darás cuenta de los patrones y moldes genéricos que se usan y desgastan; si lees cien libros vas a notar cuando un autor escribe para vender, y cómo algunos gozan de veinte veces más cultura o vocabulario que otros; Y es más, no te conviene ni a ti, porque la mayor parte de lo que experimentes dejará de sorprenderte, pero no todo, y esas pocas cosas, son las que hacen que valga la pena.

 

El camino hasta ahora

En resumidas cuentas, Narnia fracasó en el cine porque desde su concepción todo estuvo mal. Se le utilizó con malicia y avaricia para competir con otras franquicias, y aunque las tres películas acabaron siendo adaptaciones lo suficientemente fieles de las obras originales, se nota el abandono, y los cuatro libros restantes se quedarán en el limbo por un buen rato, hasta que le haga falta dinero a la persona adecuada y los reviva para su provecho personal.

¿Qué va a pasar?
Todo apunta a que el resto de los libros serán adaptados (en algún momento) con Joe Johnson como director (Capitán América y otras), y probablemente Netflix acabe haciendo una serie, pero es todo lo que se ha dicho en estos últimos años. Tampoco les auguro un gran futuro.
Tendremos un cameo innecesariamente largo de los Pevensie como reyes adultos (algo que convenientemente ya son, y serán para entonces) en una adaptación de «El caballo y el muchacho«.
Veremos «La silla de plata» con otro actor personificando a Eustace, quien se supone que debía ser, a lo sumo, un adolescente, pero debido a la orfandad del proyecto, ya hasta parece que va a ir por sus hijos al colegio.
Una película de «La última batalla» va a amalgamar terriblemente este libro con su similar «El sobrino del mago» porque ninguno debería salir del papel por limitaciones imaginativas.
Y la segunda trilogía será hecha con amor en la primera entrega, maltrecha en la segunda, y desahuciada en la tercera, una vez más.

Los planes oficiales hasta ahora son «Sí se va a hacer, pero no sabemos cuando».
No creo que tarden mucho.

Ahora mismo, en algún lugar.

 

¿Debo ver o leer Narnia?

Sí. Ambas.

¿Eres joven? Bien.
¿Eres mayor? Mejor aún.

Podría uno resultar engañado por la temática y pensar que son literatura infantil, pero te aseguro, al igual que harían muchísimos fanáticos en el no tan concurrido foro de Reddit, que al final valdrá la pena.
Y lamento si lo que voy a decir altera la mentalidad de alguno al momento de leer (puedes saltarte este párrafo si quieres), pero el último libro hace que todo sea sencillamente perfecto. No es que revele algo extraordinario (¿o sí?), pero cierra la saga de manera magistral, y se quedará contigo por mucho tiempo.
No hay que leer el resto pensando solo en el último; no debe agregársele valor a los demás por ello; hay que disfrutarlos por sí mismos. Así que nada de hype.

Por su parte las películas… bueno, digamos que si ves la primera y prescindes de las otras, te quedarás con una impresión muy favorable. No son malas, pero ahí sí solo valen la pena si te gustó la primera. Y es muy difícil que no te guste.
Aunque, a ver, si ya viste una ¿qué son otras dos?

No esperaba terminar tan gratamente sorprendido por la saga en general. Pensaba que los libros eran aburridos por el mero hecho de haberlos abandonado hace algunos años; ahora, estoy seguro de que no podría haberlos retomado (y releído algunos) en un mejor momento.
Tal como escribe Lewis en su dedicatoria:

Mi querida Lucy:

Escribí esta historia para ti, pero cuando la empecé no había caído en la cuenta de que las niñas crecen mas rápidamente que los libros. Por lo tanto, ya eres mayor para los cuentos de hadas y, para cuando el relato esté impreso y encuadernado, serás aún mayor. Sin embargo, algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas, y entonces podrás sacarlo de la estantería superior, quitarle el polvo y decirme qué opinas de él. Probablemente, yo ya estaré tan sordo que no te oiré, y seré tan viejo que no comprenderé nada de lo que digas… A pesar de todo seguiré siendo… tu afectuoso padrino.

Las adaptaciones de Narnia continuarán, y deberían hacerlo. No creo que haya nadie que, tomando los libros en sus manos en el momento adecuado, vaya a pasar un mal rato.
Dejando comparaciones y juicios de lado cualquiera podría disfrutar de las historias, y claro, toparse con reflexiones inesperadas, pero bastante gratas.

Si alguien, como yo, tiene los libros guardados por ahí o dejó las películas a medio ver, los insto a darse una pasada por Narnia, que para luego es tarde, o tal vez no.

 

Y entonces ¿Qué pasó con Narnia? (Libros y películas)

Osman AT.

 

 

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4 comentarios

  1. No sé como llegué hasta acá, pero me tomé el trabajo de leer todo el artículo y, honestamente, valió la pena cada segundo. Encontré muy interesante el análisis y las reflexiones, y considero que junto a todo lo que mencionas (lo cual comparto) hay otro factor que también influyó, este es, la demora de cada entrega. Si bien, había poco entusiasmo y, a lo último se desligaron prácticamente del proyecto, quizás hubiese sido un poco más alentador el panorama si entre una y otra entrega, hubiese pasado menos tiempo (como pasaba con las otras sagas) porque, al fin y al cabo, el poco público que estaba encariñándose se aburría o simplemente se olvidaba de la historia.
    En lo personal, me gustan mucho las películas (a nivel general), claramente destaco la primera como una pieza única. Si tengo que elegir, me quedo sin dudar con los libros, los cuales están en mi habitación llamándome diariamente…
    En cuanto a las comparaciones, he visto las películas de Potter y LOTR, sin embargo, no hay punto de comparación. Como bien has señalado, son totalmente diferentes y, si bien podemos encontrar algunas notas entre LOTD y LCDN, estas son muy diferentes. Harry Potter me parece entretenido, llevadero, las películas las encuentro, como decimos por estos lados; “pochoclera”, los libros son atrapantes, pero no es algo que (en lo personal) me deje con ganas de más. Diferente es la situación de LOTR, me parece que la mejor palabra para describirla es “Masterpiece”, tanto los libros como las películas son obras de arte.
    Lo que me ha pasado con Las crónicas de Narnia, es que me atrapó cada libro, me metí de lleno en la historia y al finalizar el ultimo libro me dejó algo melancólico, que me lleva a plantearme la idea de volver a empezar cada libro como si fuera sinónimo de entrar por el ropero para olvidarme por unas horas de los problemas y la realidad en general. Quizás esta es la razón para sentir a LCDN como algo especial, quizás fue el contexto en el que leí cada libro, o quizás el sentir algo por algún personaje… lo que si puedo decir es que recomiendo los libros, son hermosos. Las películas? Por qué no? Lo maravilloso de todo esto, es el sentir que podemos volver a adentrarnos en ese mundo con tan solo volver a abrir uno de los libros.
    Excelente articulo!
    Abrazos desde Buenos Aires

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    • Hola!
      Muchísimas gracias por leer y tomarte el tiempo de comentar, amigo; de verdad me hizo mucha ilusión que alguien encontrara interesante el artículo. Lamento haber tardado tanto en ver esto, pero me había tomado un pequeño descanso del blog, y justo ahora que me vuelvo a meter me encuentro con un comentario en uno de esos posts que pienso que nadie terminará leyendo o que quizá me dejé llevar demasiado; qué maravilla 🙂 y qué gusto que los caminos de Internet te hayan traído por aquí.

      ¡Es verdad! Los intervalos entre cada entrega son insólitamente largos, sobretodo teniéndonos acostumbrados a una película cada año -e incluso menos- en «este tipo» de franquicias. Naturalmente, si con los descansos de seis meses en las series, el público tiende a perder el rastro de la historia, con los más de dos años entre cada entrega, el resultado no podría ser muy positivo.

      Quizá como dices, sea debido al momento en el que leímos la saga que nos sentimos tan atrapados y nostálgicos al mismo tiempo, pero si existe posibilidad de que le ocurra a otras personas, no es una oportunidad que deba desperdiciarse; igualmente recuerdo con mucho cariño el mundo de Narnia, habiéndolo vivido hace tan poco, y no me canso de recomendar que le den una oportunidad, y ahora, visto que le pasa a más personas, ansío darme otra vuelta pronto.
      El valor agregado de Narnia va más allá de la literatura, y son muy pocas las sagas que logran algo así. Ojalá que en algunos años tome un tercer aire (sean libros o películas) y más gente conozca lo especial que puede ser.

      ¡Muchas gracias por pasarte por aquí, saludos desde México!

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