Fotografista | Palabras perdidas

«Fotos de gente tomando fotos».

Minucioso como es, el español, a veces, deja cosas en el camino.
En su mayoría, por supuesto, este constituye un medio bastante preciso; si se trata de lenguajes especializados o altisonantes podremos constatar que las opciones no se agotan con prontitud; pero cuando se trate de matices lingüísticos más complejos, notaremos esos vacíos sutiles, y ambigüedades que dan pie a un discurso confuso o mal-entendido. La ausencia de una primera persona del plural (nosotros) inclusiva-exclusiva y la recalcitrante in-distinción latina de las conjugaciones de segunda y tercera, causantes de tantos dolores de cabeza ibéricos -que buscan aferrarse a «vosotros», y con algo de razón-, son solo algunos de los ejemplos más recurrentes, que no pueden más que ponerlo en evidencia.

Si bien el español funciona como un ente por sí mismo -y así lo ha hecho durante siglos-, no podemos pretender que se originara a partir de la nada, y su estrecha relación con el latín y griego antiguo nos puede dar una idea del razonamiento mediante el cual los hablantes populares decidieron dar forma a un lenguaje que pronto sería perfectamente diferenciable de sus predecesores y acabaría por reflejar una identidad cultural particular.
Es así como podemos «rastrear» las palabras; así hablamos de la «etimología» y tratamos, remontándonos a viejas lenguas, de encontrar sentido a una que aunque muchas veces sí sigue directrices generales, se atiene a la única regla que no se puede quebrantar: «Siempre hay excepciones«.

Porque el español, al igual que el latín antes que él (y vamos, cualquier dialecto), no nace buscando seguir reglas, nace por necesidad, economía y practicidad, y hace lo que le venga en gana según su conveniencia, y si esto habrá de molestar al selecto grupo que se empecine en encontrarle sentido, que así sea.

Hoy, en un número más de esta pequeña serie (de dos posts, porque no lo es realmente), nos toca revisar una palabra que el español pareció olvidar por ahí; una que sus hablantes, inconscientemente, decidieron rechazar paulatinamente y que acabó siendo suplantada por otra que, aún si podría parecer la semilla de la ambigüedad, es todo lo contrario, y acabó por aceptarse con naturalidad absoluta; hablaremos de: «Fotografista«.

«Fotógrafo«, es el usurpador en turno; esta es la palabra que parece haber sustituido a aquella que debió darse de manera natural y cumpliendo todas las reglas lingüísticas establecidas. Pero su aparición y adopción no son anti-naturales del todo; la palabra no la crearon científicos en un laboratorio ni medios de comunicación o marketing -como ocurre hoy en día con algunos ejemplos indiscutiblemente forzados-, sino que nació también en el seno que debiera haber engendrado a su contraparte: en el pueblo.

Si «Fotógrafo» y «Fotografista» se parecen tanto, evidentemente no es coincidencia; ambos proceden de «Fotografía», y ni una ni otra está mal -técnicamente- (aunque una no exista para la Real Academia Española), pero ojo:

 

Fotógrafo y Fotografista designan (o deberían designar) DOS conceptos muy diferentes

 

Probablemente, si leíste por pura casualidad este otro artículo mío sobre el «Arsonista», estarás pensando «Ahora me viene a decir que fotografista es quien admira la fotografía y se guía por ella como una doctrina», pero no es así.

A pesar de que el sufijo* -ista (de -ismo) sí denota una doctrina, esto solo es así cuando se habla de conceptos abstractos, como en «ateísta», «estoicista» y algunos otros etcéteras; pero cuando se trata de una variable derivada de un objeto en concreto, y además esto acaba por definir una ocupación, todo es diferente.

*Sufijo: Dicho de un afijo que va pospuesto a la base léxica (RAE)
Es una partícula que se agrega al final de una palabra para otorgar cierto sentido, pues.

Un ejemplo de un sufijo es el mencionado «-ista», veamos las primeras dos definiciones de la RAE:

  1. «Partidario de», «inclinado a».
  2. Ocupación, profesión u oficio.

Esto nos da pie al siguiente punto, y justo la idea central de este artículo:

 

Basándonos en algunos otros ejemplos cotidianos:

El fotógrafo es el aparato que hace fotografías.

El fotografista es quien manipula ese aparato.

 

Es natural:

  • Telégrafo – Telegrafista
  • Teléfono – Telefonista
  • Ascensor – Ascensorista
  • Automóvil – Automovilista
  • Batería – Baterista
  • Cartera – Carterista
  • Motocicleta – Motociclista
  • Piano -Pianista
  • Saxofón – Saxofonista
  • Guitarra – Guitarrista
  • Cartógrafo – … ¿Cartografista?*
  • Mármol – Marmolista
  • Ébano – Ebanista
  • Fútbol – Futbolista
  • Comentarista, alquimista, especialista

*Con «Cartógrafo» ocurrió algo similar; después regresamos con eso.

 

Por otra parte (más a nuestro favor), a fin de designar algunos otros oficios, el español tiende también a valerse de otro sufijo distinto: «-ero«, de «-arius».

Ingeniero, jornalero, librero, billetero, perchero, llavero, hormiguero, basurero, albaricoquero, melocotonero, membrillero, altanero, embustero, traicionero. Los estoy viendo con desprecio, partidarios de «gasolinera».

 

¿Y entonces? ¿Ni fotografista ni fotografero? ¿Qué pasó?

¿Además, de dónde salió la «cámara«, que en nada responde a la lógica de la etimología?

 

Para responder estas preguntas debemos remontarnos al significado más básico, a fin de comprender la semántica derivada:

Foto-grafía

Foto: Griego «phos, photos»= luz.

Grafía: Griego «graphein»= escribir, grabar.

La palabra «fotografía» significa literalmente «escribir con luz«, y podemos rastrearla hasta Romuland Florence en 1834 como la primera vez que se usó con el sentido de reproducción de imágenes.

Pero, si el daguerrotipo de Louis Daguerre (algo similar a una cámara arcaica) data de 1839 ¿Por qué habría de existir, antes, una palabra para designar la función que desempeñaría su invento?

Porque la fotografía puede rastrearse hasta tiempos de Aristóteles, quién ya nos menciona la cámara oscura en el siglo IV a.C.:

«Los rayos del sol que penetran en una caja cerrada a través de un pequeño orificio sin forma determinada practicado en una de sus paredes forman una imagen en la pared opuesta cuyo tamaño aumenta al aumentar la distancia entre la pared en la que se ha practicado el orificio y la pared opuesta en la que se proyecta la imagen»

Este es un antiquísimo experimento que consiste en abrir un hueco en la pared de una habitación (o cámara) completamente oscura y observar cómo la luz del exterior «dibuja» una imagen invertida en el muro contrario, debido a que la luz sigue su camino en línea recta.
Algunos, ante el fenómeno, seguramente quemaron vivos a sus vecinos, apuntándoles con el dedo y alegando brujería; pero otros pasarían vidas enteras tratando de hacer que esa efímera imagen pudiera conservarse para la eternidad. Así, al cabo de varios siglos, se perfeccionaron los distintos papeles fotográficos que, recubiertos de plata y mercurio (básicamente), serían capaces de conservar la imagen proyectada, no sin antes ser bañados en aún más químicos a fin de que las aleaciones sensibles a la luz no acabaran por asimilarla toda y, en lugar de un bello paisaje, mostraran un pedazo de papel monocromático. Este mismo concepto se sigue usando en las cámaras digitales de, por ejemplo, un teléfono móvil, la única diferencia es que las partículas fotosensibles regresan a su estado de reposo un par de millones de veces, para que podamos tranquilamente capturar todos los bellos momentos de la vida de nuestras mascotas, o cualquier nimiedad que podamos idear.

Pero el proceso fue largo, y no fue hasta el siglo XVII que el fenómeno observado pudo dejar de llevarse a cabo en un dispositivo del tamaño de una habitación y se convirtió realmente en algo portátil, de la mano de Johann Zahn. No obstante, el término (cámara) prevaleció, y aunque carece del resto de variables, nos quedó «camarógrafo», ante una imposibilidad auto-inducida.

Lo expongo más claramente:

  • De la cámara de un celular a las cámaras digitales.
  • De las cámaras digitales a las analógicas.
  • De las cámaras analógicas a los daguerrotipos.
  • De los daguerrotipos a las cámaras oscuras (portátiles).
  • Y de las cámaras oscuras portátiles a las cámaras oscuras en toda la extensión de la palabra, es decir:

El proceso que, si bien está reproduciendo imágenes -y por lo tanto «foto-grafiando»-, se debe llevar a cabo en principio, literalmente, en una cámara oscura.

Atención a las primeras acepciones de la RAE:

«Cámara: Sala o pieza principal de una casa».

Y a pesar de lo ajeno que nos parece hoy en día este uso de la palabra, los remanentes nos han llegado, aunque a cuenta gotas. Podemos ejemplificar con la famosa «música de cámara«, cámara de comercio«, «cámara de diputados«, la vigente pero nada usada «recámara» (exceptuando doblajes de Movie Channel), o simplemente «La cámara secreta«, que posiblemente habrá de representar un fastidio para miles de padres y madres al rededor del mundo, tratando de explicar a sus pequeños esbirros por qué la película no trata sobre una cámara fotográfica que Harry Potter esconde con recelo dentro de su baúl.

Si seguimos llamando «cámara» a los aparatos que llevamos en los bolsillos, y que poco tienen que ver con la cámara que hospedaba la dichosa hoja de papel donde se proyectaba la luz, no es por necios (en parte), sino porque al hablante popular poco le importan los procesos, y habría de enfocarse en los resultados. A saber:

«Si a esto le llamo cámara, y este otro objeto hace lo mismo, pues debe llamarse cámara también».

Y qué ilógico sería de otra manera… ¿no?

Misma función, dispositivo distinto.

El genio del idioma, como lo designa Álex Grijelmo, decidió que el aparato se llamara cámara, a pesar de que llevaba a cabo un proceso de fotografía inherente al lugar usado en cuestión, y si se decidió por no llamar a los fotógrafos «camareros» o «camaristas» es porque estos términos ya existían y podrían, entonces sí, prestarse a confusión.
En cuanto a que no tengamos «camarazos» en nuestra galería de teléfono, esto fue solo una feliz coincidencia, pero no debe dejarse de lado que nadie, nunca, dice «fotografías», sino «fotos», haciendo evidente que el hablante siempre se inclina por la economía; entre menos sílabas tenga una palabra, mejor.
Así también, habiendo pasado por la penuria de desempeñar el oficio de una manera todavía menos que «aficionada», pude atestiguar la terquedad del hablante, incapaz de pronunciar una palabra completa pero sustituyendo las sílabas restantes con preposiciones innecesarias, optando por: «El de las fotos», «El fotos», o simplemente «¡Fotos!».

Lo dicho, el hablante busca la economía. Y por supuesto obedece los principios de la comunicación; si digo «fotografía» en lugar de «foto«, resulta extraño, así como ocurre con «universidad» y «uni«, «computadora» y «compu«, o la más temible de todas, la «gasolinería» y «gasolinera«, que se erige como campeón indiscutible en el torneo del mínimo-esforcismo, prescindiendo apenas de una letra, pero generando un rotundo alivio en el orador: «Uy, de la que me salvé, ni loco digo todo eso»; y, de paso, encimando significados. No es lo mismo un despachador que un almacén, o un expendio.

Diferencia apreciable entre una habitación y una caja pequeña que aloja la cámara oscura, 1975, coloreado.

Pero el nombrar arbitraria-y errónea-mente el aparato (la cámara), dejó una vacante para otra palabra natural.

«Si la palabra «fotógrafo» no se está usando, y es perfectamente válida… va para el oficio».

Y «Fotografista» es condenado al perpetuo olvido.

Por ello es que, precisamente como mencionamos con anterioridad, la palabra «cartógrafo» también designa un oficio, porque:

Carto-grafo

Carto: Latín «charta»= Papel, hoja de papiro preparada para escribir en ella.

Grafo: Griego «grafo»= El que escribe, el que graba. (Del verbo graphein también).

Si los cartógrafos usaran UN solo instrumento primordial para su labor, entonces quizá nos estaríamos planteando llamarlos «cartografistas», pero no existe necesidad.

Porque el idioma es lógico; si nombra de una manera a algo, entonces originará una constante semántica y se inclinará por asignar variables a sus derivados.

 

  • Si tengo un telégrafo, tengo telegrafista y telegrama.
  • Si tengo una cámara, tengo camarista/camarero y camarada. (La última es broma, pero sí se debe a que comparten la misma cámara-habitación).
  • Si tengo un fotógrafo, tengo fotografista y fotograma. (Esta última sí existe).

 

«Fotografista» es un magnífico ejemplo de cómo la única regla del español es que debe haber excepciones. A pesar de que la palabra acata perfectamente la normativa «establecida», pone en evidencia que el idioma nace orgánicamente y crecerá siempre de la misma manera. No importa si esta palabra es razonable o cumple con paralelismos, si el hablante no la acepta, no será asimilada. Si quiere enfocarse en la función o en la primera palabra del nombre, lo hará.

El experimento con hablantes prístinos únicamente se podría llevar a cabo con niños, que nos dan testimonio de raciocinio primordial:

  • Si él «cabe», yo «cabo«.
  • Si está «prendido», o es «elegido», está «imprimido«, o «abrido«.

¿Será que el niño, por analogía, elija «Fotografista», o «Fotografero»?

Eso no lo sé, de lo único que estoy seguro es que no será «Fotógrafo».

 

 

Para terminar esta pequeña reflexión les dejo esto: «Pictures of people taking pictures».

Fotos de gente tomando fotos… de gente tomando fotos.

Me di cuenta que no tengo nunca la cordialidad de ofrecerles que dejen sus comentarios, así que ¡Dejen sus comentarios! Un hechizo simple, pero infalible.

 

Fotografista | Palabras perdidas

Osman AT.

 

 

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